La tierra tiembla de pavor, asustada entre sus vísceras yacen los miedos más terribles, miedos de opresión y crueldad.
Todo el entorno se encoge y la nación clama por el levantamiento de sus hijos arrodillados. Con llagas se adornan sus rodillas, gusanos se asoman dueños de sus lugares. Los huesos se exhiben en las regiones que soportan el peso total de los cuerpos.
llá a lo lejos se vislumbra el horizonte vivo, locuaz y sabio, línea horizontal que los arrodillados no ven, porque de rodillas no se alcanza divisar lo que se viste de ojos. Vista larga posee el horizonte vivo, el futuro nos espera para agasajarnos.
La Tierra sigue temblando como niña desamparada.
Las campanas del viento traen con él, el despertar. El hombre oye el tintineo en el doquier, orden con autoridad natural se empecina a mandar a levantar los cuerpos. El hombre hace caso, como si de órdenes divinas se tratara. Solo, se levanta y tiembla, el cuerpo pesa más que nunca. Los gusanos se asustan y se disparan al vacío sin perder el tiempo.
Las carnes desgarradas de las rodillas cuelgan a tiras, pero ocurre lo que ha de ocurrir: el hombre se levanta y el horizonte que nunca ha visto le saluda e invita, y es allí cuando la revolución se afinca y se levanta a sembrar justicia.
Revolución, máquina demoledora de la quietud imperante, como ola cambiante se apodera..
El hombre montado en el corcel de la rebeldía. Revolución y hombre cabalgan, juntos se deciden a tomar, a entregarse al futuro social: puro, simple y llano.
El hombre con sus ojos ven lo que nunca han visto: el horizonte vivo, libre ya se deja llevar por el viento al horizonte activo.
Revolución que se despierta siempre joven, fecunda y dispuesta con el hombre que se hace grande, y con el mismo ríe y dan la bienvenida al futuro y al cambio con aires justicieros.
Una aportación de:: Eduardo A. Ortega.

































